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Nunca le había visto, en
el tiempo antes de la guerra había vivido lejos de él, sumergido
en las cosas que le habían enseñado a amar y temer. Bajo
el ardiente ojo del otro fue como cualquiera y tal vez menos, sus sueños
eran el pan de la mañana, siempre esperados pero simples. Aró
la tierra y de la tierra se alimentó, de ella vino y a ella inequívocamente
volvería.
Por supuesto, la llamada lo encontró.
Al principio pensó que era un trueno lejano, y el orgullo le hizo
quedarse en vez de huir con los demás. Este último e inútil,
le vistió con más luces que armas, y la guerra que no perdona
ni espera, no conoce de héroes ni monumentos, le arrasó como
hoja en un vendaval.
Pero no hay castigo sin cierta ironía. |
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Invoco su nombre a gritos, no sé
cuál de ellos será; Pero mi intención es saturar el
viento hasta que ya no quede espacio en lo invisible para otra cosa que
él.
Éste golpea mi prisión
con furia descomunal, se retira en un suspiro, sisea, ruge y golpea nuevamente.
Y una vez más.
Aunque ciego, he logrado zafarme
de mis cadenas, no por fuerza sino porque mi cuerpo se ha consumido en
la espera.
Me han murmurado que el Sol es un
pálido reflejo de sus escamas, adivino que su forma contiene un
mar de hojas azules y ojos donde las gaviotas se pierden a la distancia
sin encontrar tierra alguna vez.
Espero y me pregunto, si viene a
devorarme o llevarme con él.
En mi sangre escucho su voz y el
viento sugiere libertad. |
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